La palabra esperanza había desaparecido de su vocabulario junta a la de ilusión, ya no sonreía con brillo en sus ojos, ni con alegría en su alma. La viva llama de paz que antes existía en su interior, se había extinguido, no le quedaba nada más que el vivir por vivir.
No sentía alegría al caminar, ni al bailar, ni al amar; sus sentimientos se habían marchitado para siempre, o eso creía ella antes de comprender la verdad, antes de sentir como la vida corría por sus venas, antes de conocerle a él.
No era un él de amor, ni de pasión, ni mucho menos de deseo.
Estaba en lo alto de una montaña con la mirada perdida, tenía enfrente de si el retrato de una fría ciudad que hacía tiempo había muerto para ella, observaba, sin intención de ver, las pequeñas siluetas de las personas. Suspiró. Suspiró sin comprender el significado de este, suspiró por inercia, suspiró por la estampida de sentimientos y emociones que corrían por su interior como caballos salvajes.
La piel se le erizó, sintió la brisa en su rostro. Su largo vestido blanco ondeaba al ritmo del mundo. Se levantó torpemente, por culpa de los copas de más que se había tomado en un bar ya muy lejano en sus recuerdos. Miró hacia los lados, sin prisa, sabía que no vería nada, sabía que no había nadie, sabía que en aquel bosque estaba sola, sólo ella y el mundo, ella y su alma, ella y su vida. Miró de nuevo a la ciudad, su ciudad, su hogar. Cerró los ojos y recordó, pensó en las sonrisas de todos sus amigos, de sus seres queridos, de sus enemigos.
Deseó que el mal no existiera, deseó que las personas no sufrieran, lo deseó de verdad, lo deseó con su alma, con su cuerpo, con su piel, con todo su ser. Pero aun así sabía perfectamente que al abrir los ojos seguirían existiendo almas en pena.
Giró lentamente, aun sin abrir los ojos, sintió como le temblaban las piernas, sintió la inestabilidad de su ser, estaba borracha y era consciente de ello.
Levantó la cabeza y abrió los ojos, miró las estrellas, sus fieles compañeras, siempre habían estado ahí para ella, siempre acompañándola en su camino, arriba, indiferentes a todo, pero para ella. Sabía que quizá la luz que ahora observaba era de una estrella que hacía millos de años había muerto y eso le desconsolaba. ¿Realmente comprendemos lo que nos rodea?
Sonrió. Comprendió que nunca más volvería a estar triste, supo que aun sin ilusión se puede ser feliz, supo que lo era, lo sintió en sus labios, lo saboreó en su boca. Comprendió quien era él, comprendió que no era un él de persona, ni de nada material. Sintió la luz en su alma, en sus ojos, en su sonrisa, supo que lo que deseaba era vivir, disfrutar, sonreír.
Salió corriendo sintiendo la vida, su alma se había recuperado de todos los golpes que había recibido, de todo lo vivido, de todo el sufrimiento de su niñez. Ya era una mujer, una mujer con esperanza e ilusión, una mujer dispuesta a vivir.
De Azucena Rendón Ángel, para Nerea Heredia de Heras.
De Azucena Rendón Ángel, para Nerea Heredia de Heras.









